miércoles, 19 de mayo de 2010

El fin y el principio

Era sábado. Estaba sola. Hacía 35 días que no sabía nada de él. Desapareció de mi vida, en silencio, no dijo nada, ni tan siquiera adiós. Era sábado y estaba sola en aquel café, lamentándome por no haberlo evitado, por ser tan impulsiva, por acabar siempre igual, por dejar que todo terminara. Pero ese sábado me cansé de lamentarme, de pensar en lo estúpida que fui por no saber mantenerle a mi lado, por pensar que toda la culpa era mía.

¿Dónde estaba mi autoestima? ¿Dónde mi dignidad? En ese momento tomé el control de mi vida, volví a ser yo. Una sonrisa se dibujó en mi cara y ese brillo tan peculiar, volvió a relucir en mis ojos. Me senté más derecha en la silla, me eché el pelo hacia atrás, y tomando con calma el café miré a mi alrededor. De pronto era como si hubiera más luz, como si todo estuviera más nítido. Pasee la mirada por la cafetería y me fije en una pareja que se besa tímidamente en el rincón, en la ventana tres veinteañeros jugaran a las cartas,  en la barra un ejecutivo nada agresivo tomaba una cerveza y, a mi lado, apararecidos como por arte de magia debido a mi ceguera temporal, me observaban dos "dioses del Olimpo". En seguida me llamó la atención uno de ellos. Moreno, ojos verdes, alto, bien proporcionado. Nos miramos unos segundos y algo sucedió. Algún interruptor invisible se encendió con un click y todo en mi reaccionó. La temperatura de mi cuerpo subió varios grados, las mejillas se ruborizaron levemente y el corazón comenzó a latir con más fuerza. Me toqué el pelo y aparté la mirada coquetamente. Me di cuenta de que el sonreía. Volvía a ser el momento, volvía a ser el principio de algo...



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