miércoles, 30 de junio de 2010

Aborígenes australianos

En relación con las pinturas rupestres de las que hable en otra estrada, me parece interesante comentar un poquito como son  los aborígenes australianos que viven en el norte de Australia.
En la denominada Tierra de Arnhem, y en algunos puntos del desértico centro del continente, sobreviven los aborígenes australianos, uno de los grupos humanos de cultura más primitiva de la Tierra. Son además bastante distintos físicamente de los demás habitantes de Oceanía, constituyendo un grupo racial independiente, del que se desconoce el origen, si bien se supone que pudieran estar emparentados con los veddas de Sri Lanka.

Los australianos desconocen la agricultura, viven de la recolección, la caza y la pesca. Sus armas, usadas exclusivamente para la caza, ya que no guerrean entre ellos, son hachas de piedra tallada, y lanzas, dardos y bumeranes de madera; también utilizan mazas y escudos de madera.

Hasta hace pocos años iban enteramente desnudos, y sólo ostentaban pequeños cintos, taparrabos de corteza o conchas, y tocados y adornos corporales. Desconocen la cerámica y, por supuesto, los metales. Como recipientes utilizan bateas de madera y corteza; para guardar los alimentos hacen bolsas de fibras retorcidas que no llegan a constituir verdadera cestería.

No construyen casas ni chozas; antiguamente habitaban en cuevas y, más tarde, empujados por el hombre blanco a lugares cada vez más inhóspitos, hicieron pequeños paravientos de corteza, fácilmente transportables, cosa imprescindible para su vida nómada siempre siguiendo las pistas de la caza.

Actualmente, el gobierno australiano intenta protegerlos, ha creado zonas acotadas, en las que se ven libres del constante acoso de los agricultores y ganaderos blancos, y donde, si lo desean, pueden acceder a las ventajas que ofrece la vida occidental. No obstante, esas ventajas muchas veces consisten en la posibilidad de comer sin hacer nada, con lo que se embrutecen lentamente, o lo que es aún peor, acceden a las bebidas alcohólicas que los aniquilan rápidamente. Y, aun en el mejor de los casos, la vida en las reducciones supone la irremisible desaparición de su cultura tradicional, lo cual es, evidentemente, lastimoso.

El arte de los aborígenes está perfectamente adaptado a las condiciones de vida, y los materiales utilizados son los que la naturaleza les ofrece. Así, los que vivían en las cuevas pintaron las paredes de sus refugios, grabaron dibujos en los suelos rocosos o practicaron surcos en los terrenos arenosos, hicieron motivos en relieve en la corteza de los árboles y decoraron, en fin, los objetos que constituían su ajuar: escudos, lanzas, bumeranes, etc.
Cuando se vieron forzados a abandonar los abrigos rocosos y se refugiaron en las zonas septentrionales, por las que todavía no se interesaba el hombre blanco, y en las que había grandes bosques de eucaliptos, tomaron la corteza de estos árboles y con gran ingenio elaboraron suaves, amplias y planas superficies en las que pintaron escenas relacionadas con sus creencias religiosas y su vida cotidiana. El acceso a unos materiales blandos, como son la madera y la corteza, les permitió realizar pequeñas esculturas, bateas para la recolección, gorros, bolsas, etc. La piedra, más difícil de encontrar en estas tierras, fue reservada para las hojas de las hachas y para sus objetos más sagrados, las churingas, piedras planas, oblongas, cuidadosa y penosamente talladas y en cuya superficie se trazaron diseños de tipo geométrico relacionados con los tótems de los antepasados; en estas churingas se supone que se halla concentrada la fuerza espiritual de los ancestros.

Las figuras rupestres que se reparten por los acantilados australianos suelen representar escenas del mundo mítico y elementos de la naturaleza, relacionando íntimamente la fauna, la flora y la mitología del lugar.

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