miércoles, 14 de marzo de 2012

Leonardo da Vinci 2- La Gioconda "del Pardo".

El reciente hallazgo de una réplica de La Gioconda (izquierda) en el Museo del Prado ha vuelto a poner en boca de todos a Leonardo da Vinci y a su musa más insigne. No es que la pintura estuviera perdida entre los fondos artísticos de la galería. Durante años el cuadro estuvo colgado en las paredes de la pinacoteca madrileña. Se trata de un delicado retrato prácticamente idéntico al de la célebre Mona Lisa de Leonardo (derecha), oscurecido por el paso del tiempo, del que se creía había sido pintado sobre un soporte de roble, la madera preferida por los antiguos pintores flamencos a los que se atribuía su autoría.
Pero un proceso de restauración previo a una exposición inminente que tendrá lugar en el Louvre, donde reside la genuina «chica Da Vinci», reveló que en realidad el soporte era de nogal, madera utilizada habitualmente por los artistas florentinos de la época, y no de roble como se suponía. Bajo esa capa oscura acumulada durante cinco siglos, los restauradores hallaron una obra de arte mucho más relevante de lo esperado.
En un congreso sobre pintura del Renacimiento celebrado hace poco en Londres, expertos y restauradores expusieron sus conclusiones: La Gioconda del Prado es contemporánea de la del Louvre y se habría pintado en el estudio de Leonardo, entre 1503 y 1506. Más luminosa que la parisina, sus medidas son muy similares: 76 x 57 centímetros frente a los 77 x 53 que mide la original.

Los estudios artísticos han revelado que mientras Leonardo pintaba la célebre Mona Lisa, un alumno del maestro habría ejecutado su propia versión del retrato. El pupilo incluso pudo estar presente mientras la modelo posaba para Da Vinci. Los «arrepentimientos», o correcciones que éste fue haciendo en su obra, fueron también fielmente reproducidos por ese asistente misterioso, quien se esforzó en realizar una «fotocopia» simultánea del que se convertiría en uno de los cuadros más famosos del mundo. Lo que todavía no se sabe es quién era el afortunado discípulo. Se barajan dos nombres: Andrea Salaï y Francesco Melzi. Tal vez en el futuro los avances en la técnicas de restauración permitan averiguar la identidad del enigmático personaje. La obra se expondrá en la sala 49 del Museo del Prado desde hoy y hasta el 13 de marzo, antes de su traslado al Museo del Louvre. –Eva van den Berg



Leonardo da Vinci 1 - La Biblioteca Nacional expone dos códices

Tras el descubrimiento de «la Gioconda del Prado», ahora toca celebrar otra noticia relacionada con Leonardo da Vinci: la exposición de dos importantes códices del artista florentino más famoso del Renacimiento. Se trata de dos cuadernos con anotaciones y diseños de mecanismos e ingenios que fueron encontrados por casualidad en Madrid durante los años sesenta por el hispanista estadounidense Jules Piccus mientras buscaba cancioneros en los archivos de la Biblioteca Nacional de España. Cuando en 1967 la noticia ocupó la portada del mismísimo The New York Times, muchos fueron los que se preguntaron cómo podían esos importantes documentos autógrafos haber permanecido sepultados bajo el olvido tantos siglos. El hecho despertó rencillas y heridas en nuestro país, que acabaron de un plumazo cuando Franco decidió dar carpetazo al asunto.

Hoy sabemos que Leonardo legó a su muerte, acaecida en 1519, todos sus apuntes y dibujos a su fiel discípulo Francesco Melzi (por cierto, uno de los dos posibles autores de la recién descubierta Gioconda del Prado), quien se los llevó a Milán y los custodió durante toda su vida. Pero no hizo lo mismo su hijo Orazio, que vendió el valioso legado del maestro tras la muerte de su padre, dispersando para siempre los manuscritos de Da Vinci. Fue un escultor llamado Pompeo Leoni quien a finales del siglo XVI logró reunir buena parte de ellos y, probablemente con intención de venderlos, los llevó a España para mostrárselos al rey Felipe II. Se ignora si el monarca llegó a verlos. Lo que sí se sabe es que al morir Leoni, los manuscritos de Leonardo se volvieron a dispersar.
Tras un auténtico culebrón de caballeros venidos de todas partes en busca de los códices, estos acabaron en los archivos de la Biblioteca Nacional, pero un error tipográfico en el inventario los mantuvo ilocalizables hasta la llegada de Jules Piccus, quien los «descubrió» en 1965, después de tres siglos de peripecias y olvidos. Hoy los célebres códices están expuestos en la Biblioteca Nacional dentro de una vitrina de alta seguridad y forman parte de la «Exposición Biblioteca Nacional de España: 300 años», vigente hasta el 15 de abril. Pero habrá más tiempo para contemplarlos: entre el 28 de mayo y el 29 de julio serán protagonistas de otra muestra, «El imaginario de Leonardo. Códices Madrid de la BNE». –Eva van den Berg.